APRENDER A VOLAR
Por Toni Delgado
(NOTA: El presente relato tiene como referente los acontecimientos narrados por John Byrne en su etapa de Alpha Flight)
Poco a poco el hielo comienza a acumularse indolente sobre el tejado de la mansión, resbalando lenta y perezosamente, creando un intrincado entramado de carámbanos que adornan la casa como si de un precioso árbol de Navidad se tratase. Enero está siendo particularmente frío este año. Podría estar dentro, disfrutando del calor del hogar, del fuego en la chimenea y quizás con una copa de brandy en la mano, pero prefiero permanecer fuera, castigándome a la intemperie, azotado por la brisa helada y alejado de toda compañía humana. Desde aquí, a pesar del aullido del viento, puedo escuchar sus risas y notar el calor que desprenden sus voces amigables, y al hacerlo algo se clava profundo en mi corazón. Sería tan fácil levantarse, atravesar la puerta, entrar ahí y simplemente levantar la mano en un gesto de saludo, escueto, algo frío quizás, pero sé que ellos apreciarían ese gesto y me acogerían en su circulo. Sería tan fácil. Sin embargo insisto en permanecer apartado. Estoy seguro que ellos solo ven en mi gesto una estúpida arrogancia, y debo reconocer que hay algo de orgullo en él, pero también hay miedo. Miedo al rechazo, a no ser aceptado. Con los años he aprendido a endurecer mi corazón y he llegado a autoengañarme pensando que todo eso no me importa. Pero si me paro a pensar un instante, solo un instante, me doy cuenta de que enterrado en lo más profundo de mí, hay un sentimiento inequívoco que añora la compañía humana.
Toda mi vida he sido siempre un solitario. Antaño nunca llegó a preocuparme demasiado la soledad, e incluso ha habido momentos en los que realmente me molestaba la compañía de los demás. Ha sido así desde que yo recuerdo, cuando era muy pequeño, criado... bueno, mejor decir malcriado por una madre demasiado condescendiente y padre autoritario que rara vez estaba en casa. Al menos así fue hasta que descubrí que tenía una hermana gemela de la que nunca había oído hablar.
Aquello rompió mis esquemas, me hizo darme cuenta de que yo no era tan único y tan especial como siempre había creído. En parte supuso una cura de humildad, pero sobretodo me enseñó aspectos de mí que creía olvidados y estar junto a Jean-Marie se convirtió en una necesidad. Ella era como mi reflejo, distorsionado, modelado por otras experiencias muy distintas de las mías. Pero había algo de mí en ella. No iba a ser la primera persona importante en mi vida pero quizás sí la más determinante.
Siempre había sido un niño raro, solitario. Mis padres me procuraron la mejor de las educaciones que el dinero podía comprar, pero nunca me dieron demasiado cariño. Él pertenecía a la policía montada canadiense y ella había estudiado psicología infantil y ejercía en un pequeño hospital de Montreal. Mi padre era un tipo severo y taciturno, demasiado obsesionado con su trabajo pero algo dejado respecto a las responsabilidades familiares, por lo que todas las tareas concernientes a la supervisión de mi educación y crecimiento recayeron por completo en mi madre. Hasta donde yo puedo recordar ella siempre fue una figura omnipresente en mi infancia, por completo obsesionada por darme la mejor educación posible. Pero para ella yo no fui más que un proyecto, su pequeño y hermoso Frankenstein privado, al que trató de modelar cuidadosamente para convertirlo en el más perfecto de los hijos.
Guapo, educado, inteligente, de gusto refinado... Resulta irónico, ¿verdad? No sé si en algún momento del proceso llegó a darse cuenta de hasta qué punto había fracasado en su empeño personal de hacer de mí la culminación de todas sus aspiraciones maternales, pero cuando descubrí mucho más tarde que yo era adoptado no pude menos que sonreír ante lo absurdamente grotesco de la situación que había vivido durante mi infancia. Pero ya en aquella época yo empezaba a fantasear con la idea de que ellos no eran mis padres verdaderos, y me inventaba historias imposibles acerca de unos progenitores venidos de otro país, tremendamente inteligentes y ricos y atractivos.
Empecé a sentir que nada real y sincero me vinculaba a aquellos individuos que se hacían llamar mis padres y decidí distanciarme de ellos, independizarme emocional y sentimentalmente y construir un muro de desprecio que reflejase toda la decepción y el hastío que me provocaba la vida de mentira que había vivido hasta entonces. Ante la estupefacción de mis padres yo empecé a mostrarme cada vez más frío y distante, totalmente inmune a sus riñas y reproches, insensible a sus llantos y sus ruegos.
Aquello me resultó extraordinariamente fácil. Yo ya había llegado al convencimiento de que era alguien especial, y que nada de lo que yo era provenía de aquel matrimonio vulgar y aburguesado. Estaba muy por encima de ellos y ahora empezaba a darme cuenta de ello. Esa situación, insoportable a todas luces para mis padres adoptivos, gratamente satisfactoria para mi ego, se mantuvo sin embargo durante muy poco tiempo. Al poco tiempo de experimentar aquella especie de revelación sobre mi persona, ellos morían en un accidente de coche. No lloré en el entierro. Tampoco durante las entrevistas con los agentes sociales encargados a determinar mi futuro inmediato, ni cuando el juez dictaminó mi ingreso en un orfanato bajo la custodia del estado. Estaba sólo pero eso no me hacía sentir peor de lo que me sentía en compañía de aquellos individuos extraños que durante mucho tiempo creí eran mis padres verdaderos. Los años siguientes, deambulando de un orfanato a otro bajo la mirada atenta del estado y la supervisión de los agentes sociales, transcurrieron en una especie de sueño insensible y letárgico durante el cual me aislé intencionadamente del mundo y de los individuos que lo habitaban. Eso fue hasta poco antes de cumplir los quince. Antes de conocer a Raymonde.
Yo me había convertido entonces en un muchacho rebelde y huraño, propenso a las réplicas hirientes y reacio a cualquier tipo de contacto humano. Muchos pensarán que no he cambiado, que continuo siendo un tipo difícil, y no les faltará razón. Pero en aquella época no era más que un pequeño salvaje que desconocía por completo lo que era el mundo, siempre dando tumbos de un lado para otro, buscándose a si mismo, persiguiendo sombras. En aquella época parecía destinado a convertirme en un vulgar delincuente juvenil, pero Raymonde me encontró en el lugar preciso y el momento justo.
Por aquel entonces yo no sabía que era gay, o si lo sabía me negaba a admitirlo. Nunca me atrajeron las chicas, no veía nada especial en las personas del sexo opuesto y todas ellas se me antojaban criaturas chillonas y superficiales, carentes por completo de atractivo. Sin embargo no podía dejar de sentir una atracción malsana y enfermiza por otras personas de mi mismo sexo.
En mi época en el orfanato, durante la pubertad, comencé a experimentar emociones que en aquel entonces consideraba fruto de algún tipo de error en mi funcionamiento interno. Aquel orfanato funcionaba como una suerte de internado para chicos, vivíamos y estudiábamos allí, y las hermanas se encargaban de vestirnos y alimentarnos. Algunos de los profesores no eran religiosos y en el orfanato se daba tanta importancia a las clase normales como a las de educación física. Eran estas últimas las únicas en las que lograba destacar y las únicas que verdaderamente me gustaban, aunque por razones que mis profesores nunca habrían imaginado.
El momento más intenso se producía siempre después de la clase de gimnasia, cuando íbamos a los vestuarios a ducharnos y cambiarnos, entonces yo me dedicaba a observar a mis compañeros tímida y discretamente. Me recreaba vigilando furtivamente sus cuerpos aún imberbes, sudorosos después de haberse ejercitado arduamente en clase, cuerpos adolescentes que se movían con nervio y elasticidad felinos, que empezaban a formarse y crecer y estirarse con determinación adulta. Veía como los músculos de mis compañeros comenzaban a dibujarse ligeramente definidos en el abdomen, en los pectorales, en las pantorrillas. Mientras ellos se duchaban distraídos yo les observaba discretamente la sombra de vello oscuro que asomaba con timidez en la línea del pecho y sobre el pubis. Y entonces enfermaba irremediablemente, apartaba la mirada y la fijaba en el suelo sucio del vestuario, y apretaba con fuerza los puños, clavándome las uñas en las palmas de mis manos hasta volverlas blancas de dolor, mientras una y otra vez me negaba a mi mismo y enterraba aquellos sentimientos bajo una montaña de culpabilidad y confusión.
Yo les escuchaba desde la distancia, acurrucado en un rincón del vestuario y escondido tras una coraza de arrogancia y falsa autosuficiencia, no lo bastante fuerte quizás para escapar a la crueldad de sus bromas, pero sí lo suficiente para que sus burlas no me afectasen. Ellos en las duchas se divertían haciendo bromas sobre el vello incipiente en la línea del bigote de alguno de ellos, comprobando la firmeza de sus bíceps juveniles y comparando el tamaño de sus sexos en un típico juego de hombría viril. Pero yo me mantenía siempre al margen, replegándome en mi caparazón, haciéndolo más y más duro. Al principio mis compañeros me llamaban “marica”, “niñita” y otros apelativos aún más crueles, y cuando vieron que aquellos insultos no me afectaban, entonces intentaron pasar a palabras mayores.
El primer golpe me pilló completamente desprevenido y me dejó un fea marca oscura en la ceja izquierda que me estuvo doliendo durante toda una semana. El siguiente golpe no me alcanzó. Ni ningún otro de los que vinieron después. Yo aún no lo sabía pero podía moverme más rápido que ningún otro ser humano. Aún no había alcanzado el pleno potencial de mis habilidades, por supuesto, éstas simplemente comenzaban a emerger, pero aquello fue suficiente para granjearme la fama del chico más rápido del orfanato. Cuando vieron que sus insultos no me afectaban y sus golpes no me alcanzaban decidieron entonces dejarme en paz. Me apartaron por completo de sus juegos del mismo modo en como lo habían hecho de sus burlas. Para ellos dejé de existir y yo empecé a preocuparme simplemente por ser el más rápido, el más duro, el mejor. Sabía que era especial, que era mejor que todos ellos, que había algo dentro de mí que me situaba muy por encima de sus más tristes y mundanas aspiraciones personales. Era tan solo cuestión de tiempo que el resto del mundo se diese cuenta de ello.
Pero pese a todo no fue una época fácil para mí. Endureciéndome y aislándome había logrado cierto equilibrio interior, pero aún así había ciertos sentimientos que no acertaba a comprender y que me estaban volviendo loco. ¿Era normal que yo experimentase aquella enfermiza atracción física hacia mis compañeros de clase? Constantemente me decía que no, que estaba enfermo y que debía haber una cura a todo aquello. Naturalmente que existía una cura a mi estado, pero no la que yo esperaba.
En aquel entonces lo único que yo quería era llegar a comprender porqué experimentaba todos aquellos sentimientos equivocados, porqué ninguno de mis compañeros de clase sentía de la misma manera que yo. Empecé a escaparme en mitad de la noche, cuando mis compañeros me creían dormido y las hermanas ya habían hecho la ronda de vigilancia. Saltaba por la ventana de mi habitación y me iba a deambular por sitios poco recomendables en barrios alejados del orfanato. La primera vez que salté desde un segundo piso y aterricé suavemente sobre mis propios pies sin siquiera perder el equilibrio quedé atontado de puro asombro, pero lo atribuí simplemente a mi buen rendimiento en clase de deporte. Había saltado sin preocuparme por la distancia que me separaba del suelo, como guiado por un instinto extraño que me advertía que por mucha que fuese la altura podría llegar al suelo sin hacerme daño. Entonces ni siquiera había oído hablar de la palabra mutante, y en cualquier caso descubrir cómo podía moverme más rápido que cualquier otro ser humano o cómo podía saltar desde tanta altura era la última de mis prioridades.
Al principio, en mis escapadas nocturnas, no sabía muy bien a donde dirigirme, pero poco a poco, en parte agudizando el oído y la vista y en parte ampliando el radio de acción de mis prospecciones nocturnas, fui descubriendo lugares que hasta entonces desconocía, lugares donde algunos hombres van al encuentro de otros hombres.
Montreal es en el fondo una ciudad con cierto encanto pueblerino, pequeña si la comparas con Nueva York, pero si sabes donde buscar puedes llegar a encontrar los mismos encantos que te ofrece la gran manzana. En menor cantidad y variedad quizás, pero no carentes de morboso atractivo. Había oído hablar de la existencia de sitios donde un hombre podía dar rienda suelta a sus pecados más viciosos sin temor a ser rechazado: rincones oscuros en algunos parques, portales mal iluminados que servían de punto de encuentro, bares de sórdido aspecto escondidos en callejones profundos.
Al principio me aproximaba a todos aquellos lugares con cautela, observando desde la distancia, pero poco a poco, venciendo mi temor, comencé a adentrarme en aquel mundo oscuro y húmedo, que olía a cuero viejo y sabía a peligro. Muchas veces paseando por la noche por algún parque público me topaba con alguna mirada hambrienta, entonces me entraba el pánico y huía temeroso de haber sido reconocido. Una noche localicé uno de aquellos bares de los que había oído hablar, sitios dónde al parecer un hombre no solo podía observar sin ser despreciado o insultado, sino que incluso podía tocar, palpar, saborear. Tardé tres semanas en reunir el valor suficiente para intentar franquear la puerta.
Al principio me limitaba a observar desde la distancia, oculto entre las sombras. El antro se encontraba al final de un callejón mal iluminado, la entrada adornada por un equívoco neón que desprendía una luz mortecina. De vez en cuando algún hombre se acercaba, echaba una rápida mirada a su alrededor, abría la puerta del local y desaparecía en su interior. A veces salían dos hombres juntos, fumando un cigarrillo o conversando en voz queda, y se marchaban juntos para desaparecer en la noche, quién sabe si para vivir alguna sórdida aventura.
Un día ocurrió algo verdaderamente asombroso. Dos de aquellos tipos salieron del local. Con aquella luz y desde aquella distancia no acerté a distinguir sus rostros o adivinar sus edades. Se detuvieron un instante en la entrada del local, charlando en voz baja. Uno de ellos acercó su rostro al otro, juntó sus labios a los suyos y le besó. Fue un beso rápido, fugaz, y cuando se separaron el otro tipo echó una mirada nerviosa a su alrededor como si temiese haber sido descubierto, mientras que el primero bajaba el rostro en un gesto que se adivinaba azorado. El otro le puso la mano en el hombro, casi con ternura. Continuaron conversando y se marcharon juntos para ser engullidos por la negrura de la noche. Yo salí corriendo en dirección contraria, con el corazón latiéndome a mil por hora, excitado y confundido a un mismo tiempo.
Aquella misma noche en la habitación del orfanato y rodeado de compañeros dormidos, hice algo que no había hecho nunca: me masturbé en silencio rememorando aquel beso apenas esbozado en la oscuridad.
Nunca antes había hecho algo así, nunca antes me había tocado con aquella furia, aquella pasión descontrolada. Siempre que mi mano se desviaba en busca de mi miembro viril la apartaba con violencia y trataba de distraer mi mente pensando en las imágenes de santos martirizados que había visto en los libros de historia y religión. Mis compañeros de clase, por el contrario, se jactaban abiertamente de tales prácticas e incluso algunos de ellos se ejercitaban en juegos soeces en las duchas del vestuario con abierto descaro y desvergüenza. Pero yo no, yo me negaba aquellas prácticas que consideraba sucias y malsanas, reprimía con furia culpable aquellas sensaciones. Pero aquella noche no pude contenerme, aquella noche me dejé arrastrar por aquel mar de sentimientos sin tener muy claro a donde iban a conducirme.
Caí rendido, agotado, y al despertarme a la mañana siguiente, con los calzoncillos manchados y la camiseta pegada a mi espalda por el sudor, me sentí más perdido y confundido de lo que había estado en mi vida. Tiré mis ropas en el cesto de la ropa sucia y me fui a duchar antes de que despertasen mis compañeros de habitación.
Tres días después, cuando hube reunido el valor suficiente, volví a aquel sitio. Esta vez me adentré en el callejón, abrí la puerta y entré en el local. Me faltaban apenas dos semanas para cumplir quince años. Tras aquella puerta había una segunda y entre ambas, en una especie de recibidor oscuro y maloliente iluminado por una bombilla ya muy gastada, había un tipo sentado en un taburete. Tendría unos cincuenta años, casi calvo y con un espeso mostacho que le ocultaba el labio superior. Vestía tejanos, un camiseta gris oscuro que en otra época debió de ser negra y una raída cazadora.
- ¿Dónde crees que vas niño? ¿No deberías estar ya en la cama? – me dijo.
- Q-querría entrar – respondí yo con un ligero tartamudeo de nerviosismo.
- ¿Qué edad tienes niño?
- Dieciocho – mentí.
- Ya. Y mi madre era la criada de Cleopatra. Anda, lárgate a casa.
- P-pero tengo que entrar.
- ¿Qué pasa? ¿Es que no entiendes lo que te digo? ¿Acaso hablo en chino? Lárgate chaval, ve a tu casa y métete en la cama antes de que tus padres descubran que te has escapado.
- ¿Porqué no le dejas entrar? – dijo una voz a mi espalda. La falta de luz me hizo calcular mal las dimensiones de aquel cuartucho. En un rincón detrás de mí, apenas visible y envuelto en sombras estaba otro hombre. Se adelantó ligeramente de forma que pude distinguir mejor sus facciones. Era un tipo delgado, no muy alto, vestido pulcramente con un traje color crema y un foulard a juego alrededor del cuello, de facciones amigables, el pelo color paja, unos ojos vivaces y un fino bigote que le daba un aspecto elegante y distinguido.
- Cierra el pico Raymonde. Sabes que el chaval no puede entrar ahí dentro. – dijo el hombre calvo.
- ¿Por qué no? Yo le acompañaré. No dejaré que le pase nada.
- Me metes en un lío Raymonde. Lo que hagas ahí fuera es cosa tuya pero si dejo que el chaval entre se me va a caer el pelo. Sabes que Monsieur Galimard no lo permitiría. Ya tiene bastantes problemas untando a la bofia para que nos dejen tranquilos y no se acerquen al local. Es un menor.
- Galimard no ha venido hoy y tampoco tiene porque enterarse. Vamos Pierre, entraremos solo un minuto y yo mismo le enseñaré la puerta de salida. El chaval solo quiere echar un vistazo, ¿verdad? – dijo el hombre regalándome una sonrisa equívoca y ligeramente malintencionada.
- No me busques problemas Raymonde. – le espetó el hombre calvo.- Sabes que no puedo dejarte entrar con el chaval.
- Yo te he encubierto otras veces, Pierre. He hecho la vista gorda en alguna ocasión. Solo te pido un minuto. Daremos una vuelta por el local, echaremos un vistazo y saldremos antes de que nadie se de cuenta de que hemos entrado.
El hombre llamado Pierre permaneció en silencio un instante, rumiando su respuesta. El hombre elegante que se hacía llamar Raymonde le sonrió pícaramente, arqueando su ceja izquierda en un gesto travieso y divertido. Pierre soltó un bufido resignado y entreabrió la puerta que daba al interior del local.
- Esta bien. Pero solo un minuto, entráis, veis lo que hay y os largáis rápidamente antes de que yo pueda decir Judy Gardland.
- No te preocupes Pierre, no armaremos ningún estropicio – bromeó Raymonde guiñándome un ojo en un gesto de complicidad.
El hombre llamado Raymonde me puso su mano sobre el hombro derecho y me empujó suavemente hacia el interior del local. Mis ojos tardaron un poco en acostumbrarse.
El local era un antro oscuro y demasiado caluroso que olía a tabaco, colonia barata y sudor masculino. Una niebla espesa flotaba lánguidamente en el ambiente y se te metía con insoportable insistencia en la nariz y los ojos, enturbiando la vista y embotando los sentidos. De fondo sonaba una música que entonces no conocía pero que identifiqué de inmediato como algún tipo jazz melódico. Ahora puedo recordarla perfectamente. Se ha quedado impresa en mi memoria como todo lo que sucedió aquella noche. Recuerdo cada olor, cada sombra, cada mirada, cada sentimiento. Era “Love for sale” cantada por Billye Holliday.
La barra del bar se encontraba al otro lado de la entrada y Raymonde me empujó de nuevo suavemente hacia ella. Atravesamos el local lentamente, como dando un paseo, y casi diría que Raymonde estaba exhibiéndose al hacerlo. El antro no estaba muy lleno. A un lado y otro había unas pocas mesas sucias y de aspecto destartalado y en algunas de ellas se acomodaban perezosamente algunos hombres solitarios, la mayoría hombres maduros y de aspecto triste, con un cigarrillo en una mano y una copa en la otra. Todos ellos clavaron su mirada en mí y yo me sentí con si estuviese completamente desnudo en la fiesta de mi graduación. En un extremo de la barra se apoyaba un tipo bajito de aspecto grotesco y gesto afectado, con el pelo revuelto y colorete en las mejillas. Raymonde, prudentemente, se dirigió hacía el extremo opuesto y se dejó caer en un taburete alto. Al otro lado del mostrador el camarero, un tipo de aspecto fornido, afeitado y con el pelo al rape, se apoyaba indolentemente y con ambos brazos sobre la barra.
- Un wisky con hielo- pidió Raymonde.
El camarero le dirigió una mirada acusadora. – No puedo servir al muchacho – dijo con severidad.
- El wisky es para mí. El muchacho no tomará nada.
El camarero me miró primero a mí y luego a Raymonde. Había una especie de furia contenida en su mirada que realmente me dio miedo, pero Raymonde aguantó la mirada, elevando ligeramente su barbilla en un gesto decidido y ligeramente arrogante. El camarero torció el gesto, puso un vaso sobre el mostrador, dejó caer un par de cubitos de hielo y vertió en él un liquido oscuro. Raymonde apuró el contenido de un solo sorbo.
- Es hora de irnos – me dijo entonces. Se dirigió de nuevo hacia la puerta, esta vez delante de mí. Yo agaché la vista y le seguí obedientemente, sintiendo como un millar de miradas se clavaban en mi nuca. Cuando salió Raymonde se despidió de Pierre con un escueto buenas noches, éste no le respondió y en cambió me dirigió a mí una mirada torva, extraña. Pasé tan cerca de él que puede sentir la mezcla de colonia barata y sudor que le envolvía como una mortaja. Aguanté la respiración y cuando atravesé la segunda puerta y me encontré en el exterior dejé escapar un mal disimulado suspiro de alivio.
- Ahora vete a casa muchacho. Por esta noche ya has visto suficiente. – me dijo Raymonde
- P-pero no puedo irme a casa.
- ¿Por qué no muchacho? ¿Acaso te has escapado?
- No, no es eso... es que no puedo volver. No pertenezco ya a ese lugar.
- ¿Y donde crees que perteneces muchacho? ¿Qué edad tienes, quince, dieciséis años? Donde deberías estar ahora mismo es en casa, protegido y mimado por tus padres.
- Pero yo ya no tengo padres, y de todos modos ellos nunca significaron nada para mí. Ya no tengo donde ir. ¿Qué sentido tiene volver a un lugar al que no siento que pertenezca?. No me espera nada allí, ellos solo quieren reformarme y hacer de mí un buen chico que no dé problemas, del mismo modo que mi madre solo quería hacer de mí un proyecto personal con el que dar sentido a su aburrida existencia, un muñequito particular al que vestir y alimentar y educar para convertirlo en el hijo perfecto.
- No tan perfecto por lo que veo.
- ¿Qué quiere decir?
- Un “hijo perfecto” no se escapa por las noches para intentar colarse en bares de maricas. Un “hijo perfecto” obedece a sus padres, se queda en casa y saca buenas notas. Les da un beso de buenas noches y otro cada mañana antes de ir al colegio. Un “niño perfecto” es siempre feliz, y lo que yo percibo en tu mirada es confusión y tristeza y una pasión contenida que lucha desesperadamente por desbordarse.
Raymonde me miró de una forma extraña, llena de comprensión y afecto, y sentí en ese momento que él me miraba desde muy adentro y que reconocía partes de mí de las cuales yo me negaba a aceptar su existencia. Sentí en aquel instante que él podía llegar a conocerme mucho mejor que yo mismo.
- ¿Cómo te llamas muchacho? – me preguntó.
- Jean-Paul. – contesté yo tímidamente.
- Verás Jean-Paul, la vida nunca es fácil para nadie, siempre está llena de baches y golpes y accidentes y facturas pendientes que no podemos pagar. Pero para gente especial como tú y como yo, resulta aún más complicada. Porque no te engañes, Jean-Paul, tú eres especial, y de un modo que todavía no te das cuenta. Puedo sentirlo. Tú aún eres muy joven, aún tienes la oportunidad de aprender y crecer sin cometer los errores que otros hemos cometido y de los cuales no vamos a poder redimirnos. Yo a tu edad me encontraba completamente perdido, como tú lo estás ahora, pero no supe encontrar mi camino. He tomado muchas decisiones equivocadas y tendré que cargar con ellas el resto de mi vida. He hecho daño a mucha gente, sin quererlo, sin poder evitarlo. He engañado y mentido, a otros y a mi mismo, durante mucho tiempo. No puedo reparar todo el daño que he hecho y ya es demasiado tarde para enmendarme. Ahora solo intento vivir de la forma más coherente posible, sin aspirar a la felicidad, solo a una cierta tranquilidad moderadamente satisfactoria. Tú en cambio aún puedes tomar el rumbo de tu vida. Puedes aprender a volar, Jean-Paul. Hazlo, y cuando lo hayas conseguido no dejes nunca de volar, tan alto como puedas.
- No le entiendo, ¿qué quiere decir? ¿Quiere decir que debería ir a un médico o algo así? ¿Quiere decir que debería dejar de mirar... a otros chicos?
-¡No, muchacho! ¡Al contrario! Lo que trato de decirte es que no te engañes, que no dejes que otros te digan lo que debes hacer, como comportarte, como vivir tu vida. Lo que has visto ahí dentro, en el bar, no es el mundo, pero forma parte de él. Y el mundo tiene cosas oscuras y feas, cosas que apestan a mendacidad, a tristeza, a lujuria. Pero también hay cosas bellas y hermosas, incluso para gente como tú y como yo. Yo hace tiempo que dejé de buscarlas, pero tú aún puedes hacerlo, debes hacerlo. Te he estado observando todo este rato. Hace unos días te vi escondido al otro lado de la calle, pero tú no te diste cuenta de que te observaba. Algo me hacía pensar que te volvería a ver y no me equivocaba: aquí estas. No te digo que vaya a ser fácil, no te digo que no vayas a sufrir en el intento, pero te darás cuenta de que merece la pena luchar por ello.
- ¿Luchar porqué?
- Por ser uno mismo, por encontrar tu lugar en el mundo, por reafirmarte y defender tus ideas y tus principios. Eres marica Jean-Paul. Todo tu ser lo grita bien alto, cada fibra de tu cuerpo, cada pelo, cada trozo de piel pide a gritos que lo reconozcas, pero tú todavía no eres capaz de escucharte. Ser marica es algo que forma parte de ti, parte de lo que eres, pero aunque te digan lo contrario piensa que no es algo malo, no tiene porque serlo si tú no quieres. La decisión es tuya Jean-Paul.
Aquellas palabras calaron muy hondo dentro mí. Yo aún no sabía de que modo iban a afectarme pero ya entonces la maquinaria de mi cerebro empezó a funcionar compulsivamente reflexionando sobre todo lo que me había dicho.
Raymonde me dijo entonces que tenía que marcharse pero que si quería podía acompañarme hasta casa para que no anduviese solo y expuesto por aquellas calles a tan altas horas de la noche. Naturalmente yo me negué por miedo a que descubriese que vivía en un orfanato. Le dije que vivía muy cerca de allí y que podía volver solo, que podía cuidar de mi mismo y no me pasaría nada. Él sonrío condescendientemente ante mi gesto bravucón, pero no insistió. Me alargó la mano y se despidió de mí. Dio media vuelta y comenzó a caminar dándome la espalda, desapareciendo lentamente entre las sombras.
Yo me quedé allí mirando como se marchaba, sin poder moverme y con una expresión estúpida en el rostro. Iba a gritarle que esperase, que se detuviese un instante cuando de repente Raymonde se paró en seco. Buscó algo en el bolsillo de su chaqueta y pareció hacer algo con las manos que no acerté a distinguir con aquella luz. Después se dio media vuelta y volvió a dirigirse hacia mí. Me alargó un trozo de papel con la mano y lo leí. En él había escrito su nombre completo, Raymonde Belmonde, y un número de teléfono.
- No te garantizo que vayas a encontrarme siempre en este número, pero quizás alguna vez tengas necesidad de hablar con alguien. Llámame si sientes esa necesidad.
- G-gracias. – balbuceé yo. Agarré aquel trozo de papel y lo apreté muy fuerte en mi mano, como si temiese que una ráfaga de viento repentina fuese a arrebatármelo y perdelo para siempre. – Le... le llamaré.
- Espero que lo hagas algún día. Y no me trates de usted. Llámame Raymonde.
Entonces puso su mano sobre mi cabeza y me revolvió el pelo. Me dijo au revoire de nuevo y esta vez sí se marchó y desapareció por completo. Volví al orfanato lentamente, por completo despreocupado e ignorante a cualquier posible peligro que me acechase. Entré en mi habitación y no pude dormir en toda la noche, pensando en las palabras de Raymonde, atesorando aquel trozo de papel entre mis manos. Cuando amaneció y mis compañeros empezaron a despertarse yo guardé aquel papel en un sobre, el sobre entre las páginas de un libro y el libro en un rincón de mi armario, sepultado bajo mis jerséis. El resto del día no pude rendir bien en ninguna de las clases, cansado como estaba.
Naturalmente volví a ver a Raymonde. No de inmediato, por supuesto. Transcurrieron algunos días hasta que me atreví a escaparme un día, ir a un teléfono público y marcar su número. Al principio nadie contestó, pero yo volví a insistir al día siguiente, una segunda y una tercera vez. Al final di con él. Su voz al otro lado del teléfono sonó fría y distante, pero accedió a verme. Nos encontramos al día siguiente por la tarde, a plena luz del día, en un parque público. Charlamos un rato de cosas insustanciales, y poco a poco la conversación fue adquiriendo un cariz más cálido, más intimo.
Nos vimos en repetidas ocasiones, al principio en sitios abiertos, después en algún café tranquilo y apartado. Poco a poco comencé a abrirme a él. Le fui explicando mis miedos y esperanzas y él siempre se mostró tremendamente compresivo conmigo. Raymonde tenía un talento especial para escuchar, y para hacerte sentir cómodo en una conversación, pero él siempre se mostró reservado respecto a su persona y su vida privada.
Cuando en las clases de gimnasia empecé a destacar de una forma demasiado evidente, cuando mis marcas en las competiciones deportivas comenzaron a descender de una forma espectacular, se lo expliqué a Raymonde. Entonces él me mencionó por primera vez la palabra mutante y lo que significaba. Yo no la había escuchado nunca antes, pero él había leído artículos sobre ello y escuchado noticias alarmantes en televisión acerca de un creciente sentimiento anti-mutante en los Estados Unidos. Raymonde me animó a explorar esas recién descubiertas habilidades, pero también a ser discreto, a no mostrarlas abiertamente. Al mismo tiempo que descubría que era gay yo descubría que era mutante, y que por ambas razones debía ser más cuidadoso que nunca. Pero Raymonde también me enseñó a no negar aquello que formaba parte de mi naturaleza y que me hacía ser especial. Si llegué a convertirme en campeón mundial de esquí fue por su inspiración y su apoyo. Si aprendí a vivir en base a mis propias creencias fue también por su influencia.
Continuamos viéndonos esporádicamente, siempre de forma discreta, durante todo un año, y cuando cumplí los dieciséis años Raymonde me llevó a un sórdido motel algo apartado de la ciudad. No me sorprendió, era algo que esperaba que ocurriera algún día. Aquella fue la primera vez que tuve relaciones sexuales.
Todo lo que sucedió aquella noche lo recuerdo hoy día de una forma un tanto vaga. No recuerdo todos los hechos concretos sino tan solo detalles que se clavan en mi memoria con vehemente fijeza: el ligero olor a ropa sucia y libros viejos de la habitación, la mortecina luz de la lámpara de la mesita de noche, el ruido quejumbroso de los muelles del colchón, las manos nerviosas de Raymonde desabrochándome los pantalones, sus labios sobre los míos... No fue apasionado ni hermoso, sino más bien algo triste. Nos abandonamos el uno al otro con pereza, casi con resignación, sabiendo que era aquello algo inevitable. En el ambiente se respiraba un algo extraño que nos ahogaba a ambos sin saber porqué, una especie de temor contenido fruto de la ambivalencia de nuestros sentimientos encontrados. Yo estaba intimidado ante lo que presumía era la larga experiencia de un hombre mucho mayor que yo, pero Raymonde en cambio se mostraba tremendamente cauteloso, contenido, como un pájaro atrapado en una jaula demasiado pequeña. Yo intuía que sus temores venían motivados por aquellos aspectos de su vida que yo desconocía y que Raymonde insistía en no revelarme, temores que, entonces no lo sabía, iban a dejar su marca indeleble en la evolución de nuestra relación.
Poco después supe que Raymonde estaba casado y mucho más tarde, cuando hacía tiempo que yo ya me había distanciado de él, averigüé que además tenía una hija de más o menos mi edad, Danielle, que terminaría marchándose de casa tras la separación de sus padres.
Aquella no fue la única vez que Raymonde y yo tuvimos un encuentro sexual en aquella habitación de motel sucia y oscura. Vendrían otros encuentros, no muchos, pero todos ellos impregnados de una ligera sensación de melancólico desencanto. No sé quién sedujo a quién primero, pero sí que los dos habíamos llegado a un punto en que el cariño y el afecto iniciales que sentíamos se habían convertido en un sentimiento de necesidad imperiosa que nos empujaba irremediablemente el uno hacia el otro. Era como tener una picazón en un hombro y rascarse. Había afecto, sí, pero no amor verdadero. Aún así era algo que ambos debíamos hacer y posiblemente yo obtuve más beneficios de aquella relación de los que yo era capaz de proporcionar a Raymonde.
No fue nada fácil para ninguno de los dos: yo un muchacho de dieciséis años, huérfano, solitario, intentando encontrar sentido a su existencia y tratando de reconciliarse con el hecho de ser gay y mutante; él un hombre casado y que ya había pasado la cuarentena, padre de una niña adolescente, viviendo una frustrante doble existencia y compartiendo una historia de amor prohibido con un menor de edad. Para nosotros dos no hubo nada sórdido en todo aquello, pero sí una sensación de tristeza indeleble que acompañaba todos nuestro encuentros. Era inevitable que con el tiempo fuésemos distanciándonos, aún así nunca podré agradecerle lo suficiente que me abriese los ojos al mundo que me rodeaba y del que hasta entonces yo me negaba a formar parte.
Tras un par o tres de encuentros con Raymonde yo empecé a buscar otros objetivos. Al principio fueron otros hombres maduros con los que contactaba en parques públicos y otros sitios similares; luego fue con gente de más o menos mi misma edad, e incluso con otros compañeros del orfanato, algunos de ellos abocados al sexo masculino ante la desesperación de no encontrar un chica que accediese a sus frustradas necesidades eróticas; otros, al igual que yo, en pleno proceso de descubrir su propia y mal asumida identidad sexual. Volví con Raymonde en alguna que otra ocasión, pero aunque entre nosotros seguía existiendo un afecto profundo, nuestros encuentros sexuales se volvieron más y más distanciados en el tiempo. Yo nunca le conté que había otros hombres, pero él indudablemente se daba cuenta de ello. Aún así nunca dejó de acudir a una llamada de auxilio mía, nunca dejó de apoyarme y aconsejarme, y siempre me animó a seguir adelante y a luchar por aquello en lo que yo creía.
Hace unos años volví a ver a Raymonde después de mucho tiempo sin tener contacto con él. Ojalá no se hubiese producido aquel último encuentro. Vi morir a Raymonde ante mis ojos a manos de un malnacido llamado Ernest St. Ives, un vulgar gángster local de un barrio de Montreal. La mujer de Raymonde, con la que aún mantenía relación aún después de su separación, hacía poco que había muerto. Su hija Danielle, que había regresado a su vida después de una larga ausencia, estaba encarcelada. Solo unos pocos amigos acudieron a su entierro. Y aquella fue la primera vez que lloré en mi vida desde que dejé de ser un niño. Solo en aquel instante, viendo su ataúd en el fondo de la fosa, comprendí lo mucho que había significado para mí en el pasado, y que buena parte de lo que era, y lo que soy, se lo debía a él.
Pero fue mucho antes de su muerte que la relación que manteníamos Raymonde y yo había tomado otro rumbo. Cuando más tarde conocí a Clementine y a su grupo de separatistas yo hacía tiempo que había perdido el contacto con Raymonde. Nos escribíamos de forma esporádica y en cada una de aquellas cartas podía notar su nostalgia, su creciente tristeza y su necesidad de mantenerme, de algún modo, ligado a él, aunque fuese en la distancia y mediante un lazo tan frágil y etéreo como el que se forja a través de la letra escrita. Yo en cambio insistía en mantener una distancia prudente. Le hablaba abiertamente de mis progresos en el dominio de mis habilidades mutantes y de mis triunfos en el esquí que me iban a llevar a convertirme en campeón mundial, pero obviaba por completo comentarle nada respecto a mis aventuras sexuales, a las que por aquel entonces me entregaba con total desenfreno y abandono. Pero todo aquello iba a cambiar.
Al principio, cuando descubrí mis poderes y empecé a aceptar con naturalidad el hecho de ser gay, lo único que me importaba era aprovechar al máximo mi recién adquirida libertad. Mi profesor de gimnasia en el orfanato, observando mis progresos en clase de deporte, fue el que me introdujo en un equipo de esquí. Bajo el tutelaje de un agente social dejé el orfanato y me sumergí de lleno en un programa de entrenamientos. Ya había ganado varias competiciones nacionales cuando cumplí los dieciocho años, y entonces, con la mayoría de edad y una vez librado del tutelaje del estado, acepté varias lucrativas ofertas privadas para convertirme en deportista profesional.
La fama y el dinero llamaban a mi puerta. Aquella época que precedió a mi primer encuentro con James Hudson y su gente del Departamento H fue sin duda la más salvaje y peligrosa de toda mi existencia. Yo entonces ya aceptaba plenamente el hecho de ser gay y mutante y me aprovechaba plenamente de ambas condiciones, tratando de exprimir todo el zumo a la vida. Mis habilidades mutantes me elevaron a la más alta cumbre de los campeonatos de esquí, y el convertime en campeón mundial me reportó fama y dinero y me dio la oportunidad de vivir rodeado de lujo y de conocer gente interesante. Así fue como llegué a conocer a Clementine, a través de uno de mis contactos amorosos.
Él era un chico de aspecto desaliñado pero realmente atractivo, con un cabello rubio ceniza y unos bonitos ojos grises, y que se comportaba con un abierto descaro que rayaba en lo insultante. Yo daba una fiesta para unos amigos en mi apartamento situado en uno de los barrios más chic de Montreal. Creo recordar que él venía como acompañante de alguno de mis invitados, pero no estoy seguro. Nada más verle ya supe que esa misma noche acabaríamos en mi cama.
No entablamos mucha conversación y al principio creí que se largaría nada más hubiese conseguido lo que se proponía: acostarse con el campeón mundial de esquí Jean-Paul Martin. Pero para mi sorpresa se quedó a dormir. Cuando me desperté al día siguiente él ya se había vestido y duchado, y estaba ansioso por presentarme a un grupo de amigos suyos. A veces me he preguntado como un tipo de su calaña logró colarse en mi fiesta privada, pero después de todo quedé intrigado por lo que aquellos individuos de los que él hablaba podían ofrecerme.
Todos ellos formaban parte de un grupo de separatistas, activistas francófonos que reclamaban la independencia de Québec, y Clementine D’Arbanville era la líder de aquel grupo. Fue realmente arriesgado por parte de aquel chico el presentarme a sus compañeros del grupo de activistas al que pertenecía. De hecho corrió un alto riesgo simplemente por decirme que estaba en un grupo como aquel, pero supongo que algo en mi actitud, en mis palabras de la noche anterior y en mi forma de expresar mis ideas, le hizo intuir que yo estaría dispuesto a unirme a buen grado a su equipo de delincuentes idealistas. Y no se equivocaba.
Clementine, la líder, era una chica loca y de aspecto frívolo y chillón que trabajaba como artista de circo. Viéndola y escuchándola jamás hubieses pensado que formaba parte de un grupo de activistas políticos, y uno particularmente extremista. Pero enseguida te dabas cuenta de que ella tenía muy claros sus objetivos, y si le dabas la oportunidad de exponer sus ideas era capaz de hablar de política con una pasión contagiosa. Conectamos rápidamente y de inmediato me dejé embaucar por su conversación. Ella creía firmemente en lo que hacía y sus ideales tocaban un fibra sensible dentro de mí que realmente me hacía vibrar. Yo siempre me había sentido orgulloso de mi origen francófono, pero no fue hasta que escuché a Clementine que de repente sentí la necesidad de reafirmarme, de volar más alto todavía de lo que había hecho hasta ahora. Hacer algo no por mí sino por un ideal más elevado.
Hasta entonces solo me había preocupado de ser el mejor en lo que hacía, sin importarme nada a quién tuviese que pisar para conseguirlo, pensando solo en los objetivos: lucro, fama y libertad personal. Pero en compañía de Clementine y su grupo mi vida dio un giro radical. Yo sabía que lo que hacíamos estaba al margen de la ley, pero teníamos un propósito firme que nos mantenía unidos y que forjaba un lazo inquebrantable entre nosotros. Todos nosotros luchábamos por algo en lo que creíamos y por lo que pensábamos que merecía la pena ser encarcelado e incluso morir. Actuar junto a aquellos muchachos luchando por la independencia de nuestro país obedecía a una imperiosa necesidad de dar sentido a una vida, la mía, que comenzaba a descender por la rutinaria pendiente de la vacuidad. Lo que yo necesitaba entonces era expresar mis ideales de algún modo y Clementine me dio la oportunidad de gritarlos a los cuatro vientos. Mi vida hasta entonces había estado vacía de contenido. Con Raymonde había conocido la libertad, pero ahora con Clementine le estaba dando un propósito a esa libertad. Y entonces por fin logré sentirme más vivo y más completo de lo que me había sentido en mucho tiempo.
Pero como casi todo lo bueno que me ha ocurrido en la vida, también aquella etapa estaba abocada irremediablemente a encontrar un final abrupto. Las acciones delictivas de nuestro grupo, aunque se trataban evidentemente de actos terroristas contra el estado canadiense, nunca persiguieron otro objetivo que presionar al gobierno. Nuestro grupo solo se dedicaba a atentar contra objetivos estatales, pero intentando siempre que ningún individuo particular sufriese daños personales. Sin embargo el último acto terrorista que llevamos a cabo se nos fue de las manos. Habíamos previsto colocar una bomba en un coche abandonado frente a la sede del gobierno en Parlament Hill. Pero algo salió mal. Calculamos mal el efecto de la metralla, o sincronizamos mal los tiempos, o no supimos colocar el coche en el lugar más idóneo. El caso es que algo no funcionó como debía y varios civiles inocentes murieron al estallar la bomba. Los noticiaros en televisión hablaron de atentado sangriento. Una de las victimas era una niña pequeña de origen francés llamada Marie. Cuando me enteré de la noticia me sentí tan mal que vomité.
Cuando me recuperé del shock fui a ver a Clementine de inmediato. La encontré llorando en su apartamento, borracha, consumida por la culpa y la autocompasión. La abracé entre mis brazos y compartimos nuestro secreto culpable abandonándonos por completo a la pena. Estuvimos bebiendo los dos hasta altas horas de la noche y acabamos juntos en la cama, tratando de consolarnos mutuamente. Fue algo sórdido y sucio y a la mañana siguiente me sentí aún peor. Me largué antes de que Clementine se despertase, me encerré en mi apartamento y permanecí más de dos horas debajo de la ducha. No para limpiar el hecho de haber tenido sexo con una mujer, sino para tratar de librarme de toda aquella sensación de profundo asco que me producía el no haber sido capaz de evitar la muerte de un inocente. Haberme acostado con Clementine no me ayudó en absoluto, al contrario: me hizo sentir más desesperado.
Dos días después volví a ver a Clementine por última vez. Quedamos en terreno neutral, en un café cerca del centro de la ciudad. No había mucha gente. Pedimos un café cada uno, lo bebimos en silencio y nos dijimos todo lo que teníamos que decir solo con la mirada. Pagué la cuenta, me despedí de ella y me marché dejándola allí sola. No volvimos a vernos hasta después de mucho tiempo. Aquella separación necesaria no me hizo sentir triste, sino simplemente vacío.
Mi vida parecía estar fuera de control. Mi relación con Raymonde no tenía futuro más allá de una ocasional amistad, y mi amistad con Clementine se veía truncada por circunstancias ajenas a nuestra voluntad. Entonces me hice la promesa solemne de que nunca más permitiría que nadie llegase a afectarme en la forma en como lo habían hecho Raymonde o Clementine. Decidí que a partir de aquel instante las personas no serían para mí más que objetos con que decorar un existencia mundana. Pero nunca llegué a cumplir esa promesa. El maldito James McDonald Hudson tuvo que entrar en mi vida para volver a ponerla patas arriba. Cuando yo ya creía que mi existencia transcurriría hasta el final de mis días únicamente ocupado en satisfacer los apetitos de mi ego, descubrí que mi verdadero apellido no era Martin sino Beaubier, y que tenía una hermana gemela de la que hasta entonces ignoraba su existencia.
Conocer la existencia de Jean-Marie ha sido sin duda el acontecimiento más trascendental de mi vida. La observaba y me veía a mi mismo, como una imagen distorsionada por un espejo deformante, pero con una pasión que rivalizaba con la mía propia. Descubrí que Jean-Marie estaba ligada a mí por lazos profundos que iban más allá del mero hecho de ser hermanos. Éramos gemelos, podíamos adivinar lo que pensaba el otro con solo mirarnos, comprendíamos de una forma intuitiva cada uno de los más profundos e íntimos anhelos del otro. Con ella me di cuenta de lo que era sentir verdadero amor hacia otra persona. Sin embargo Jean-Marie también tenía secretos que construían entre nosotros un muro que nos distanciaba
¡Al principio éramos tan parecidos, tan iguales! Jean-Marie era una chica llena de vitalidad que se bebía la vida a sorbos, y siempre insistía en que la llamase por su nom de guerre: Aurora. Yo accedía a todos sus caprichos, no podía negarme en modo alguno tal era la devoción y el cariño que le profesaba. Hasta que descubrí que había otra Jean-Marie distinta de la Aurora que yo había conocido, una Jean-Marie frágil, desvalida y, muy a su pesar, tremendamente inocente. Entonces la amé aún más, pues despertó en mí un sentimiento protector que nunca antes había experimentado hacia otra persona. Lo único que quería era ayudarla, confortarla, estar siempre a su lado para protegerla de cualquier daño. Mucha gente veía con recelo nuestra relación, imaginando aspectos antinaturales en ella, pero en realidad no había más que un profundo e incondicional amor fraternal. Quizás demasiado profundo pese a todo, tanto que los celos comenzaron a consumirme cuando ella inició una relación sentimental con Walter Langkowsky.
Para mí nunca existieron razones profundas para pertenecer a Alpha Flight, salvo el hecho de permanecer al lado de mi querida hermana. Había descubierto que tenía una familia de verdad y no estaba dispuesto a desprenderme de ella por nada del mundo. Posiblemente cegado por mis sentimientos sobreprotectores hacía mi hermana comencé a ver en Langkowsky una figura que amenazaba con desestabilizar el precario equilibrio de nuestra relación fraternal. Siempre he pensado que Langkowsky no era más que un patán que ocultaba su falta de refinamiento bajo el brillo de sus títulos universitarios. Jean-Marie merecía algo mejor que aquel bruto de aspecto falsamente amistoso, pero ella no era capaz de verlo. Ahora creo que estaba realmente enamorada de él. Yo toleré aquella relación simplemente por miedo a desequilibrar aún más la frágil conciencia de mi hermana, del mismo modo que aguanté la compañía insulsa y escasamente gratificante de mis compañeros del equipo Alpha porque vi que era la forma más fácil y segura de permanecer al lado de ella. No faltaron buenos momentos compartiendo mi vida con Jean-Marie en el equipo Alpha, pero de nuevo la vida me iba a dar un revés inesperado y mi relación con la persona a la que más he llegado a querer en este mundo iba a llegar también a su fin.
Muy a mi pesar la asociación entre Jean-Marie y yo terminó rompiéndose y la vida de cada uno tomó entonces rumbos distintos. Hace tiempo que no sé de ella, no sé cómo le va ni que es de su vida, si está con alguien, si se siente feliz. Me duele vivir esta incertidumbre más de lo que nadie piensa. Podría llamarla, sé que debería hacerlo, pero tengo miedo de que al escuchar mi voz al otro lado del hilo telefónico me cuelgue sin darme la oportunidad de hablar con ella, clavándome una espina en mi corazón... otra vez.
Ahora me doy cuenta de que no soy capaz de retener a la gente a mi lado. Ellos vienen y van y salen de mi vida sin permanecer nunca, y sin que yo pueda hacer nada por evitarlo. Antes no me importaba el estar sólo pero desde que descubrí la existencia de mi hermana perdida he buscado desesperadamente, sin lograrlo, retener el calor de la compañía de otro ser humano. Quizás por ello me dejé convencer tan fácilmente por la bravatas de Xavier, quizás por eso me he unido a estos Hombres X, sin convencimiento alguno, tan solo dejándome arrastrar por el giro de los acontecimientos. Ha habido momentos a lo largo de mi vida en que he volado alto, muy alto, para después caer. Como el Ícaro del mito, solo que afortunadamente yo he podido rehacerme y volver a levantarme. Raymonde me dijo en una ocasión que tenía que aprender a volar y ahora me pregunto si realmente he hecho caso de sus consejos. Vuelo, sí, pero no tan alto como me gustaría.
*****
Me he dejado llevar por el hilo de mis pensamientos erráticos y me doy cuenta de que han transcurrido casi dos horas desde que salí a pasear por el jardín y me acomodé junto a este árbol para observar la mansión desde una distancia prudencial. Todo este tiempo mientras reflexionaba sobre los hechos trascendentales de mi vida pasada he permanecido a la intemperie, tiritando de frío, contemplando desde lejos como mis compañeros de equipo disfrutan de su mutua compañía junto al calor de la chimenea del salón principal de la mansión. Los cristales de las ventanas del salón están ligeramente empañados, sin duda a causa del calor del interior, pero aún así puedo distinguir con claridad las figuras que se mueven ahí dentro. Les veo y oigo sus risas ligeramente ahogadas por el aullido del viento. Aquí fuera hace tanto frío y en cambio ahí dentro parece que el ambiente es tan cálido. Sería tan fácil entrar. Pero algo en mi se resiste a hacerlo, en parte por orgullo y en parte por miedo.
Una ráfaga fugaz e inesperada se hace sentir a mi espalda. No necesito girarme para darme cuenta de que alguien se ha dejado caer desde el cielo detrás de mí. Me vuelvo y veo a Pícara, envuelta en un grueso abrigo que la protege el viento helado, con un sombrero de lana calado hasta las cejas. Al verla tan abrigada me acuerdo de que yo apenas voy vestido con un jersey de cuello alto y una cazadora ligera. Ella me mira con una sonrisa afable dibujada en sus labios. Una cierta mueca de hastío se dibuja en los míos, pero ella ignora mi gesto, recorre el par de pasos que la separan de mí y se sitúa a mi lado.
- Hola.- me dice sin perder su sonrisa. Yo no le respondo, vuelvo mi rostro y de nuevo fijo la vista en las ventanas de la mansión, prestando una atención desinteresada a la fiesta que discurre en su interior. Pícara a mi lado insiste en darme conversación, haciendo caso omiso de la expresión de mi rostro que dice claramente que no tengo ningunas ganas de hablar.
- Te vi desde la ventana y pensé en venir a hacerte compañía un rato. Hace frío aquí fuera, ¿no preferirías estar dentro? Bobby estaba intentando que Scott le contase un chiste verde que le había explicado Emma y Hank ha preparado un ponche caliente, está muy rico.
- Prefiero estar solo.
- Te entiendo. A veces a mi también me apetece estar sola y perderme un rato con mis pensamientos.
La miro lleno de curiosidad, no es el tipo de observación que esperaba de una chica que se enorgullece de pertenecer al viejo y soleado sur. Ella capta mi extrañeza y me vuelve a sonreír.
- ¿Sabes? – dice con un ligero aire de melancolía dibujado en su rostro. –, voy a contarte un pequeño secreto, pero no lo comentes con nadie, echaría a perder mi reputación. Yo también vengo aquí alguna que otra vez, a este mismo árbol en el que estamos ahora. Desde aquí se tiene una vista estupenda de la mansión y se pueden ver muchas de las cosas que suceden en su interior. Vengo aquí y me quedo un ratito espiando lo que hacen sus inquilinos cuando no se sienten observados: veo a Hank gastar bromas pesadas a Bobby y lo mal que éste se las toma; veo a Ororo en su habitación, meditando y regando sus plantas, y me la imagino recordando con melancolía a alguien de su pasado; veo a Scott y Emma discutir agriamente sobre la mejor manera de llevar la escuela, y me doy cuenta de que en un sentido retorcido y extraño están hechos el uno para el otro; veo también a Remmy recreándose con una foto mía que él no sabe que yo sé que tiene escondida en un cajón de su dormitorio; y a Kitty y algunas de la chicas cuchicheando en alguna de las habitaciones de arriba, desvelando sus secretos sobre cual es el estudiante más guapo. Por si te interesa saberlo te diré que tú ocupas un lugar destacado en su ranking de preferencias. Pero no siempre veo buenos momentos, también veo disputas y conflictos y reproches hechos sin remordimiento alguno y situaciones de profunda tristeza cuando se recuerda a los amigos que han quedado por el camino. Pero por encima de todo veo VIDA en el interior de esa vieja casa, y me doy cuenta de que pese a todos esos malos momentos, pese a las tormentas y los golpes, hay lazos profundos que nos atan y nos hacen permanecer unidos como una familia. Y ese pensamiento me reconforta enormemente. También te he observado a ti a veces, y siempre te veo solo, en tu habitación, recostado en tu cama, mirando distraídamente al techo. Siempre me pregunto que es lo que pasará por esa cabeza tuya cuando estas solo, en qué estarás pensando.
Por única respuesta le doy a Picara un involuntario silencio. Debería enfadarme, debería enfurecerme por ser espiado en mi intimidad, sentirme ultrajado, pero no puedo. Algo en la mirada de Picara, en sus profundos ojos verdes teñidos de compasión, me lo impide. Entonces ella vuelve el rostro para mirar de nuevo a la mansión.
- También hay un sitio para ti ahí dentro, ¿sabes? ¿No te apetece entrar?
- N-no lo sé.
- Piénsatelo Jean-Paul, tómate el tiempo que necesites. Cuando quieras entrar simplemente hazlo. Nosotros te estaremos esperando.
Entonces ella vuelve a mirarme, apoya su mano en mi hombro y me sonríe. Y esa sonrisa suya, amplia, sincera, hace que algo se desmonte en mi interior. Luego se marcha caminando lentamente hacia la mansión. Se dirige a la puerta principal y se pierde en su interior. Yo la observo durante todo el recorrido, y la continuo observando cuando, a través de los cristales empañados, puedo distinguir su figura entrando en el salón. Escucho el ruidoso saludo con que la recibe McCoy e intuyo la mirada cálida que le regala Ororo desde el otro extremo de la habitación, y observo como Lebeau se levanta presuroso para recibirla con un beso apasionado. Y al observar todas esas situaciones acuden de nuevo a mi memoria los rostros de Raymonde, de Clementine, de Jean-Marie y el resto del equipo Alpha. Todos ellos fueron parte de mi familia en algún momento, todos ellos me enseñaron a volar.
Sería tan fácil atravesar el jardín, cruzar la puerta y entrar en el salón. Simplemente entraría, sonreiría ligeramente y levantaría la mano tímidamente esperando un gesto de bienvenida. O quizás lo estropearía todo, los miraría con arrogancia, levantaría la barbilla en un gesto altivo, arquearía la ceja en un signo de indisimulado desprecio, les diría un escueto, frío y meramente cortés “buenas noches” y me marcharía dejándoles a solas con sus juegos de camaradería fraternal, dándoles la oportunidad de despreciarme como merezco. Sería tan fácil entrar y simplemente estar allí, parado en el quicio de la puerta, observándolos más de cerca y preguntándome si realmente me aceptan, si realmente puedo formar parte de su círculo. Sería tan fácil permitirles que me enseñasen a volar aún más alto.
Continúo observando, tiritando, muerto de frío. Sería tan fácil entrar ahí dentro.
FIN
Todos los personajes pertenecen a Marvel, y los estoy utilizando sin ánimo de lucro. La historia me pertenece y para cualquier utilización fuera de la web, deberás pedime permiso. Agredeceria cualquier comentario que quisieseis hacer, podeis poneros en contacto conmigo dejando un mensaje en el foro