HISTORIA DE UN HOMBRE SIN X
Sigmund Nemo
II parte.
Creyó haberlo soñado todo cuando volvió a despertar en la enfermería.
Se convenció de lo contrario al verse rodeado de profesores y algunos de aquellos patrulleros. Una mujer alta, de piel oscura y larga cabellera albina discutía con Miss Frost y Mr. Summers, el otro codirector de la escuela. No lograba entender lo que decían, así que centró su atención en la gente que tenía más cerca de la camilla. Los profesores Pride y Wagner solían ayudarle cuando se le atragantaba alguna de las asignaturas que estudiaba en privado. No siempre, sólo a veces, cuando tenían algo de tiempo que dedicarle. Y allí estaban, la chica fantasma y el demonio azul. Tras ellos había otra chica, una pelirroja que parecía algo desubicada.
–Hey Hugo, por fin despiertas. ¿Conoces a Ray? –dijo Pride señalando a su amiga–. Ella puede hacer que te sientas mejor.
Hugo miró a Wagner, que asintió con la cabeza, intentando parecer tranquilizador pese a su sonrisa llena de colmillos.
–Pero sólo si tú le das permiso, natürlich –le aclaró con su característico acento. Sin esperar respuesta, pero adivinándola, Ray se acercó y le puso la mano en la frente.
Un pájaro en llamas cruzó la conciencia de Hugo con un fuego no por reparador menos temible. Lo notó posarse brevemente en sus recuerdos recientes para emprender de nuevo el vuelo más y más profundamente en su psique. Pero lo detuvo. Sintió que era él quien lo detenía en el umbral de aquella cosa oscura que crecía en el interior de su mente. Esta vez no era un muro de ladrillos imaginarios, esta vez era algo real e indestructible. El pájaro no pudo pasar de allí y Ray retiró su mano con el ceño fruncido.
–Pap... Scott, Ororo, Emma, tenemos que hablar –dijo, girándose hacia el trío que aún discutía tras ella.
El grupo se fue, pero Pride y Wagner aún se quedaron con él un rato más. Insistieron en hablar de cosas intrascendentes, pero Hugo consiguió sonsacarles que María y su inquilino se encontraban bien. Cuando el gran y peludo doctor McCoy salió de detrás de una cortina pudo ver tras él a María, tendida y atada con correas de cuero a una camilla como la suya, aunque ella tenía muchas más máquinas y aparatos silbando y gimiendo a su alrededor. El doctor hizo salir a las visitas y se quedó a solas con su paciente.
–Tienes un par de costillas rotas. Vas a tener que guardar reposo durante un tiempo –le explicó.
–¿Cuánto tiempo?
–Más que un mutante pero menos del que pasarías ingresado en un hospital normal. Me temo que no podré ser más preciso hasta que vea cómo progresan tus heridas. De todos modos habrá que trasladarte a tu habitación, no puedes quedarte aquí.
–Doctor McCoy... ¿por qué no me quiere en su enfermería?
–Puedes empezar a llamarme Hank si vas a estar ingresando aquí cada dos semanas –bromeó–. Pero no, no es eso. –Hizo un gesto en dirección a la cortina que ocultaba a María. –Ahora están sedados, pero el niño no tardará en despertar. Su campo de fuerza impedirá que vuelvas a acercarte a su madre. Lo siento, no puedo evitar que lo haga ni puedo mantenerle sedado hasta que decida... “darse a luz”. Aún no sabemos cuanto tiempo puede pasar antes de que eso ocurra y un exceso de drogas podría dañar su desarrollo.
–¿Y qué pasará con María? ¿Está ella bien? Ha intentado...
–Está todo lo bien que cabría esperar, dadas las circunstancias. No es habitual que el gen mutante se active antes siquiera de salir del útero materno. La tensión combinada de las energías psiónicas que maneja el feto y el largo periodo de gestación está provocando un alto grado de estrés en la madre. Puedo intentar medicarla con un antidepresivo suave que evite futuras crisis y no afecte negativamente al bebé. Tal vez a ti también te convendría algo así. ¿Has pensado en lo que te dije la última vez?
–No puedo dejar a Tom. Simplemente no puedo. ¿Sabe él lo que ha pasado?
–A estas alturas toda la escuela debe saberlo. Hugo, de verdad que no me parece una buena idea que...
–Lo sabe pero no ha venido.
–No.
Eternos minutos pasaron sin mirarse a los ojos. En silencio McCoy revisó el estado de su paciente y anotó algunos datos en su historial médico. Sus garras manejaban con torpeza el frágil bolígrafo.
–¿Hank?
–Dime.
–María sobrevivirá al parto ¿verdad?
–Uhmm... –ni siquiera levanto la vista del papel–. Llamaré a alguien para que te lleve hasta tu habitación. Después me pasaré por allí para cambiarte las vendas y podremos seguir conversando –y diciendo esto desapareció detrás de la cortina.
Pícara, otra de las patrulleras, fue quién le acompañó hasta su cuarto, empujando la camilla e incluso levantándola a pulso, sin que pareciera costarle mucho esfuerzo hacerlo, cuado se encontraban con algún tramo de escaleras. Le llamó “encanto” y “dulzura” tantas veces que Hugo dedujo que en realidad no sabía cómo se llamaba. Estuvo hablándole durante todo el trayecto, riendo cuando las ruedecillas volvían a atascarse en otro peldaño porque “El Profesor X pondría el grito en el cielo si viera lo mal habilitada para los minusválidos que está esta zona la mansión”
El doctor no le visitó hasta el día siguiente y tenía demasiado trabajo para quedarse a charlar. La cocinera, sin embargo, cuando venía a traerle la comida parecía no tener prisa por irse. Remoloneaba por la habitación quejándose del desorden, afirmando que sin él no daba a basto en la cocina. Cuando por fin se decidía a marcharse, ya en la puerta, murmuraba “Ten cuidado chico”.
El profesor Wagner, que se esforzaba en compensar su aspecto infernal con un contagioso buen humor, estuvo con él un par de días después, sustituyendo a McCoy en las curas del paciente. “Der doktor está muy ocupado últimamente” explicó. Le entretuvo contando anécdotas de cuando vivía en el circo y haciendo acrobacias, adherido al techo con su cola. Sin embargo los temblores que sufría Hugo cada vez que se acercaba demasiado no cesaron. Wagner sabía que su presencia solía atemorizar a quienes no estaban habituados a ella, pero esta vez tuvo la rara sensación de que no era su apariencia demoníaca la que asustaba al chico, sino algo mucho más... esencial. Cuando le dejó no pudo evitar fijarse en el modo en que el convaleciente había estado agarrando las sábanas de su cama, con los nudillos lívidos de tan fuertemente como apretaba el puño.
Miss Pride le trajo un par de películas y se quedó pasmada observando el vacío mueble frente a la cama. Se disculpó y se fue, pasando, cual espectro, literalmente a través de la pared para regresar cargada con un aparato de televisión y un reproductor de DVD que aún llevaban sendos lazos rosas anudados alrededor. “Tenía que ser un regalo de bodas para Lorna y Alex, pero hubo un cambio de planes” explicó quitando el adorno, “Tú le sacarás mayor provecho”. Insistió en quedarse con él a ver uno de los filmes. No fue una buena idea. Sentada a los pies de la cama, viendo las últimas escenas de “Dogville”, podía sentir la mirada de Hugo clavándose en su nuca. “¿Por qué habré tenido que escoger precisamente esta película?” se preguntó retirándose incómoda y apresuradamente antes incluso de que terminaran los títulos de crédito.
Tom no vino. Ningún alumno apareció por allí. Aunque Hugo tampoco lo esperaba.
* * *
Estaba casi recuperado el día que la mujer albina y Logan, el profesor de educación física, llamaron a su puerta.
–No nos han presentado, mi nombre es Ororo –dijo ella después de que les invitara a pasar.
–Tormenta.
–También me llaman así, sí.
–La vi en la enfermería y he oído hablar mucho de usted. –Miró a Logan, nunca le había tenido tan cerca y no estaba seguro de que le gustase tenerlo ahora. Olía a animal salvaje. –¿Ocurre algo?
–Sí –respondió el profesor–. Hank dice que no quieres irte de la escuela.
Hugo negó vagamente con la cabeza, temiendo enfadarle.
–Me temo que la situación ha cambiado desde la última vez que hablaste con él. –Ahora era ella la que intervenía. Su aspecto producía un efecto extraño. Su pelo blanco se agitaba suavemente por una brisa imposible en aquel lugar cerrado. Y llovía dentro de sus ojos, casi podría jurarlo. –No podemos garantizar tu seguridad si sigues aquí.
–¿Por qué? ¿Por el bebé de María? No me he acercado a ella, ni siquiera he salido de esta habitación.
–No, es el resto de alumnos los que quieren matarte. –Ororo le dio un poderoso codazo a Logan cuando este habló. –¿Qué? ¡El chico tiene derecho a saber el riesgo que corre!
–No entiendo...
–Hugo, han estado circulando ciertos rumores entre los alumnos –ella se sentó en la cama junto a él–. Creen que atacaste a María. Creen que un humano intentó matar a una mutante aquí, en la mansión.
–¡No! ¡Sólo fue un malentendido! Yo nunca le haría daño a... espera... María no es mutante...
–Pero los alumnos no lo saben. No saben lo del bebé. En su momento les hicimos creer que la mutante era ella. Que los poderes eran suyos. Nos pareció que así se integraría mejor entre ellos y evitaríamos situaciones incómodas.
–¡Pero yo no la ataqué! Discutimos, sí, pero...
–También sabemos eso, chico –le tranquilizó Logan–. Ray lo vio en tu mente cuando te sondeó.
–El problema es que, aunque no sea cierto, no podemos convencer a los estudiantes de la verdad. Lo hemos intentado, debes creerme, pero...
–Pero son mutantes – Hugo terminó la frase por ella.
–Mira, aquí tenemos adolescentes telépatas, empáticos, otros generan feromonas involuntariamente que afectan la conducta de los que están más próximos y algunos son irascibles por naturaleza...
–Es cómo una bola de nieve que ha crecido más allá de nuestro control. Los poderes brutos, sin refinar aún, de todos esos mutante se realimentan los unos a los otros. –Logan hablaba con total crudeza, estudiando las reacciones del chico–. Alguien dijo que tú le habías levantado la mano a María. Otro creyó que debía ser algo más que eso, porque ella aún sigue en la enfermería mientras tú te escondes en tu cuarto. Eso cabreó a un tercero que dijo a algún otro que habías tratado de matarla... y toda esa mala leche se ha ido extendiendo de un chaval a otro, como un mal virus, aumentando, creciendo, intensificándose mediante sus poderes...
–Él no puede creer eso de mí... –murmuró Hugo.
–Debes intentar entenderlos. –Los ojos de Ororo definitivamente llovían–. No son mala gente, pero muchos de esos chicos y chicas han sufrido mucho. Han vivido el odio y la xenofobia en su propia piel. Están predispuestos a creer cualquier cosa de un humano.
–¡TOM NO! ¡Por dios, él me conoce!
–¿Quién es Tom?
–Se refiere a Turn, el chaval-taladro.
–¡¡TOM!! ¡SE LLAMA TOM Y ES MI HERMANO! ¡MI HERMANO, JODER!
Callaron mientras Hugo se cubría el rostro con las manos. Cuando pareció más tranquilo, Ororo continuó.
–Hemos llamado a tu madre para decirle que vuelves a casa.
–¿A mamá...?
–No le hemos dado detalles, sólo lo que necesitaba saber: que has tenido un accidente del que ya estás casi recuperado, pero que necesitas un sitio tranquilo en el que descansar y reponerte. Insinuamos que los estudios no te van muy bien y que tal vez sería mejor que volvieras a matricularte en tu antiguo instituto. Sé que resulta algo embarazoso, pero al menos allí estarás seguro.
–No, no puedo volver... –de pronto Hugo se hecho a reír–...allí me odian porque soy el hermano de un mutante... je...
Ororo y Logan se miraron. Habían temido algo así.
–Tampoco puedes permanecer aquí. Pero hay muchos otros institutos en los que estarás bien. No te preocupes por eso. –Ororo se puso en pie para irse, pero en el último momento pareció pensarlo mejor. –Lo que ha ocurrido aquí... el ataque telepático en la clase de Frost, el incidente con María... pero también todo lo demás... tu soledad y el aislamiento al que te sometieron tus compañeros... –dudó como seguir. Lo cierto era que el chico tampoco se había mostrado muy predispuesto a relacionarse con el resto de estudiantes. Ni siquiera ahora era capaz de mirarla a los ojos. ¿Se daba él cuenta? ¿Era consciente de lo erróneo de su actitud? –Sólo puedo decir que lo siento. Nada de eso debería haber ocurrido. Si hubiéramos sabido...
–Deberíais haberlo sabido –respondió Hugo con voz monocorde.
–Vámonos Ororo. Ya está todo dicho. No podemos hacer nada más.
–María tenía razón ¿verdad? Nosotros sobramos. Nos soportáis mientras os somos útiles, pero al final os desharéis de nosotros. Somos un estorbo. ¿Para qué nos ibais a querer cerca?
–¡No Hugo, no es así! –dijo ella con énfasis.
–Ororo, por favor...
–La pobre María se quedará allí, atada a su camilla, drogada hasta que la cosa que lleva dentro ya no la necesite. ¿Y luego qué? ¿Haréis desaparecer su cadáver con uno de vuestros bonitos rayos mutantes?
–Hank hará todo lo posible para que el parto vaya bien. Ella estará bien. Verá crecer a su hijo y convertirse en todo aquello que debe ser...
–¡Ja!
–¡Mierda Ororo! –le gritó Logan–. Ray ya nos advirtió de esto. No conseguirás nada hablándole ahora. Ahora no. Deja que lo digiera todo. ¡Sólo consigues empeorarlo! Con el tiempo lo entenderá...
La arrastró hacia la puerta y salieron por ella. Hugo aún pudo oírlos hablar mientras se alejaban por el pasillo, pero no se esforzó siquiera en entender lo que se decían.
–¿Cual es la palabra? –se preguntó en la soledad de su habitación–. Ah, sí, “Turba”. Me pregunto si será Turn quién guíe la turba que viene a por mi cabeza.
(Continuará...)
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